martes, 2 de abril de 2013

En defensa de los zapatos

He tenido una reflexión a raíz de un post muy inteligente sobre las molestias. Pensé que nunca antes había existido una capacidad de expresión como la que tenemos ahora. El avance de la Humanidad ha llegado a un punto tal en su voluntad de conectarse que podemos saber las inquietudes de la persona más pequeña del pueblo más pequeño al otro lado del mundo. Podemos saber cuántas personas están enamoradas en nuestra ciudad. Cuántas personas son felices en nuestro país. Cuántas personas se sienten solas en el mundo. Y es que resulta curioso poder sentirse solo cuando tienes casi 7.000 millones de personas que pueden leer y estar de acuerdo con lo que piensas, con lo que sientes. Pero cada vez más de esos 7.000 millones de personas se sienten solos.

Queremos conectarnos cada vez más entre todos. Cuanto más conectados estamos, más difícil debería ser querer tirar una bomba. Debería instalarse esa voluntad en el punto del pecho que se inflama cuando lloras al pensar que sabes que van a morir personas que son iguales que las que conoces. Van a morir niños que son iguales que tu hermano pequeño, que tu sobri, que tu hijo, que el vecinito de enfrente. Piénsalo. Cuando la ONU decidía sobre si intervenir o no en Libia, el mundo miraba con los ojos empapados de lágrimas. Porque todos conectados somos más fuertes que cualquier decisión. Porque no intervenir habría hecho que todos los Estados de Occidente perdieran su legitimidad de ejercicio.

La política exterior está forzada a salir de las sombras oscuras de Kissinger porque lo relevante ya no es que el país tal haya quedado por encima del país cual. El problema son las personas en esos países, con las que estamos conectados.

Con esa capacidad de expresión, deberíamos poder cambiar el mundo. Sin embargo, es imposible cómo casi todos los posts, los twits, los estados, no usan ese poder de cambio. Leemos bromas. Reflexiones. Leemos poesía. Y sí, leemos sobre zapatos. Hay más blogs de moda que blogs políticos. Y hay gente a la que le parece terrible.

Pero no lo es. Un blog de moda es un intento de hacer bonito el mundo. Unos zapatos pueden haber necesitado más tiempo para crearse que un cuadro o un poema, ¿lo habíais pensado? Y cuando una persona los ve, puede que sea su mejor forma de representar lo que encuentra bonito. Lo que considera que merece la pena, que debe ser salvado. Es otro mensaje al mundo, una expresión de su individualidad. Internet se ha convertido en una lanzadera de las individualidades de los habitantes del planeta. Y si buscas bien, acabas conociendo más sobre los demás y sobre ti mismo. Y eso también se puede conseguir con unos zapatos.

Anikin la lagartona (II)

¿Alguna vez os ha pasado que conocéis a alguien, y os da la sensación de que se para el mundo? De repente te crees la teoría de la media naranja, y de las mariposas en el estómago y toda la historia. Porque piensas, si hay un Dios, chato, que lo debe haber porque te tengo delante, te ha hecho para mí. Ha hecho un yo de metro noventa y cuerpo de escándalo, y ojos verdes que reflejan el sol. Y que sorprendentemente no te atiza con un palo ni llama a la Guardia Civil, no. Te habla francamente encantado de haber encontrado a alguien como tú. Y flipas. Lo pondría de otra forma, pero no la hay. Lo que haces es flipar.

Y te dice que si quieres quedar un día a tomar algo, y tu vocecilla interior te dice "tu dale el número, no te va a llamar, pero dáselo. Al menos podrás fardar de que ese pedazo de tío tiene tu número". Tu vocecilla exterior dice "ggggggggggsssiiiiiiiggggggggg".

Y TE LLAMA. Y te maquillas para hablar por teléfono. Y quedáis. Y te vas de compras. Eso suena muy catastrófico, Anikin se va de compras para casi todo.

Le tienes delante en un bar y notas como TODAS te miran con odio. Rezas por haberle quitado la pegatina roja a los zapatos, porque si no, mañana saldrás en la prensa local. Porque está ASÍ de bueno. Lo suficiente para que el hecho de que la zorra que tiene delante lleve todavía la pegatina roja de la alarma en los zapatos sea noticia. Y a ti te mola, y te sale por dentro una risilla de bruja que esperas no estar diciendo en voz alta.

En voz alta, mola. Habláis de cine, y de libros, y de que en el colegio mayor él, y que en Berlín, y ah pues yo en Londres... hasta que lo dice. Pues no te lo creerás, pero mi madre no supo que soy gay hasta que le pedí un CD de Mónica Naranjo por mi cumple.

Hay momentos que miden la grandeza de un hombre.

Y Anikin se dio cuenta en ese mismo instante de que tenía dos opciones. O se iba corriendo al casa gritando improperios y meneando los brazos como un calamar, o hacía lo que hizo. Se rió, puso la cara esa de "hay gente que es que no se da cuenta de nada" y pidió un chupito de tequila. Después otros seis. Y acabó torciéndose el tobillo de forma muy dolorosa bailando el Gangnam Style en un antro de Chueca.

Y es que Anikin como lagartona como que no tiene mucho futuro...

martes, 13 de noviembre de 2012

Anikin la lagartona (I)

Anikin decidió que si iba a seguir con su ritmo constante de sabotaje terrorista de todas sus relaciones personales con seres del sexo opuesto, iba al menos a empezar a quedarse con la parte divertida. Ya sabéis, frungirselos primero, espantarlos después.
Así que Anikin sacó su cuaderno de GTD de los trabajos difíciles, y empezó a buscar diferentes posibilidades de obtención de materia prima.
Una opción era la Universidad, desde luego. Compañeros de clase que rezumaban hormonas, compañeros de otras clases que le miraban el canalillo en la cafetería, could work! Pero hijos, que queréis que os diga. Bastante coñazo se siente una ya como para tener que aguantar a alguien que te cuente la misma cantinela, una y otra y otra vez. Hemos dicho frungir, no comentar ensayos políticos. Saben demasiado!
Ademas está el factor VIEJA. Una es de la vieja escuela (lo del factor VIEJA no va por esto), y le gustan un tanto talluditos. Y resulta que Anikin ya empieza a sacarle algo de edad a gran parte de los posibles que pueda encontrar en su alma mater. Opción uno por el retrete.
NEXT!
Así que Anikin pensó en su amiga la golfis. Toda mujer tiene una amiga golfa (a no ser que ya conozcáis a la golfa de su entorno). Esa amiga golfa se reconoce por dos características principales: solo habla de sexo. 24/7 ¿¿Es prácticamente imposible que una persona ocupe tantos pensamientos al mismo tema, eh?? Oh shit, let me rephrase that  ¿¿Es casi imposible que alguien del sexo femenino ocupe tantos pensamientos al mismo tema, eh golfillos?? Pues lo es. Es imposible. Porque la amiga golfa no solo piensa en sexo. Piensa en tíos. Piensa en tíos tanto como habla de sexo.
Anikin tenía formada una opinión tal vez un poco exagerada de su amiga la golfis. En defensa de Anikin, su amiga la golfis se había cepillado al menos a un 60% de los hombres que le había presentado a Anikin. Anikin tenía la opinión de que su amiga la golfis tenía que tener un libro negro. Y que un 60% eran muchos, y ya podía pasarse alguno.
¿Sabeis cuando tocáis una pompa de jabón y se deshace? Pues ahora Anikin tiene una amiga menos y una opción menos de conocer chatis. Resulta que su amiga la golfa lo era de boquilla. Que está enzarzada en una relación destructiva, como lo estamos todas. Cuando te acercas demasiado al sol, te das cuenta de que era una farola. Opción dos, muerta.
NEXT!

(Continuará...)

viernes, 10 de agosto de 2012

¿Cuándo olvidamos que ya no queríamos ser princesas?

Es un tema que ya pilló un poco mayores -y un poco en bancarrota- a los griegos, pero da para un mito. 

La Prometea de turno que quería que las mujeres fueran como los dioses. Como ellos. Que las mujeres consiguieran sus propios medios, y no tuvieran que depender más de nadie. En vez del fuego trajo la conciliación laboral, la minifalda y los pumps de tachuelas. 
Y las niñas ya no querían ser princesas. Ya no querían languidecer en su torrecita de marfil, en su vestido de triple capa, esperando a que viniera el príncipe encantador en su caballo blanco a rescatarlas. 

Pero chatas, igual que los hombres al querer ser como dioses, mataron a los dioses; nosotras al intentar ser como hombres, matamos a los hombres.

Porque resulta que la princesa salió de su torrecita de marfil con Louboutin de aguja, gafas de cuerno y lencería de La Perla. Y mientras subía por la escala laboral pisó un poco en los cataplines al príncipe encantador. Que en la crisis de los 40 vendió su caballo blanco y se compró un descapotable rojo en el que caben él y una chati. La que más dispuesta esté a decirle lo estupendo que es. Porque la zorra de la princesa no. 

Es fácil olvidar que ya no quieres ser una princesa cuando el príncipe encantador ya no te quiere a ti. Y lo curioso es que ni nos fijamos en que el príncipe encantador ya ni es príncipe ni tiene nada de encantador. 

martes, 6 de marzo de 2012

Y SIN DECIR "TE QUIERO"

Habían discutido la noche antes, sólo sabía eso. Eso y que le dolía la cabeza de una forma terrible. Habían ido de fiesta, con unos amigos, y ella no le había hecho mucho caso. En realidad había intentado darle celos con otro chico, pero eso es normal, ¿no? Hay que espolearle un poco de vez en cuando, ¿no?

Habían discutido la noche antes. En un momento, ella dijo, ¡Joder, D, te... ! Pero se había quedado ahí. No llegó a decir "te quiero", el "te" quedó revoloteando. Inconcluso. Ridículo. Inexplicable. Y cómo le dolía la cabeza.

Hibernó todo el día, aspirina en mano, botella de agua en la otra. "No bebí tanto, esto no es normal" "He debido dormir poco"

Se vistió para salir. No le apetecía nada salir con ese dolor de cabeza, y encontrarse a D., y decirLO. "Porque hoy es el día", se dijo. "Hoy se lo digo y nos dejamos de tanta chorrada".

Suena el móvil. Una amiga. "¡Hola! ¿Cómo quedamos?" "Tía, D..." "Ya, ayer estaba un poco tonto, ¿no?"

"Tía, D. ha tenido un accidente. Ayer bebió de más, cogió el coche. Tía... D... está... está muerto, tía".

Hay noticias que no asimilamos del tirón. Hay noticias que nos dan frío, y miedo. Y ella tenía mucho frío y mucho miedo. Y entonces comprendió que ese dolor de cabeza se llamaba D., y significaba que nunca podría decir "te quiero".

martes, 21 de febrero de 2012

TU CHURRI CON OTRA

Y es que cómo jode. Tu te esfuerzas en terminar bien una relación, y quitarte de en medio intentando hacer el menor daño posible. Porque seamos sinceros, colega, yo ya no te aguanto más, y te quiero morder una oreja cada vez que te veo. Pero no sexy y juguetonamente, no, como los macacos con la rabia.

Y superas los días malos y los días muy malos, e intentas no fastidiarte los días buenos pensando en días malos. Y dilapidas tu patrimonio en vestidos con los que pareces sacada del Follie Bergère, sólo por no sentirte un insecto. Y escuchas a Adele en bucle.

Y conoces a otros chicos. Chicos buenos, malos y regulares, cada uno de su padre y de su madre. Y no te atreves. Es que no, dices.

Y de repente, un día como si nada, pasa. "Eh, ¡mira!" Por la calle, por el Facebook, un amigo de un amigo de un amigo "Tu churri con otra". Y te cagas en la puta.

Porque tú le enseñaste a responder los mensajes, poniéndote como una eriza psicótica. Tú tuviste que pelear que te dejara la americana, tuviste que pelear que te sujetara el bolso. Tú estuviste ahí en sus borracheras, en sus días malos. Cogiendo la manita.

Tú tuviste que decir adiós, con lágrimas en los ojos y un nudo en el pecho. Tú tuviste que decir adiós, y aún no sabes si hiciste bien. Y tu churri con otra.

No, no solo con otra. Con otra y con brillo en los ojos. Con una sonrisa de oreja a oreja, con esos piñillos atractivos que en su momento odiabas pero ahora echas de menos. Paseando, de fiesta, felices.

Anikin, tía, que fuiste tú quien se fue. Decídete, ¿no? Pero es que... dices mientras desempolvas el CD de Adele. Conmigo no era así de feliz. Y es que cómo jode.

martes, 6 de septiembre de 2011

RUNAWAY

A veces, cuando empieza a avanzar septiembre, y sobre los vestidos veraniegos acompaña de forma inevitable una chaqueta, y el estado de la laca de uñas de los pies ya no importa tanto, porque ya no se muestra, Anikin se acuerda de los dias de felicidad veraniegos "somewhere else", y de las pints, y de los currywurst, y de las risas. Y le apetece hacer lo que a aquel amigo, que empaquetó sus pertenencias en una maleta y se fue allí donde fue feliz.
Pero entonces se da cuenta de que esos momentos de completa felicidad no son una ciudad, sino con quién la compartes. Entonces se da cuenta de que esos momentos iban vestidos de verano, y se evaporan con los primeros vientos de septiembre.
Y sobre todo se da cuenta de que es con el frío del invierno, en Madrid, donde en verdad se siente viva. Con su ritmo sobrecogedor, casi asfixiante. Con su "restlessness". Porque aunque la capa nacarada del verano los esconde, es en invierno cuando aparecen los problemas, y con quien comentarlos sobre una taza de café caliente. Y eso no se encuentra ni en Londres, ni en Berlín. Es la gente, y no la ciudad.